Inti Raymi

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Fiesta del Sol.
Todos los 24 de junio se celebra en Cusco un gran homenaje al dios Febo. Este acontecimiento evoca a aquél que se llevaba a cabo en tiempos del Tawantinsuyo. Rescatado del olvido, desde 1944 se escenifica con actores, guión y coloridos trajes.

Es tiempo de deleitarse observando al willac uma (sumo sacerdote) y al mismo Sapa Inca (el inca principal) que saluda a su padre con unción y reverencia en la explanada del soberbio Qoricncha o Recinto de Oro (el templo principal), en el centro de a plaza de Armas que, gracias al encanto del momento vuelve a llamarse Huacaypata, su nombre original

Y bailan las acllas (las vírgenes del sol) y retumban las tinyas (unos pequeños tambores) y se bebe chicha de maíz y los sinchis (guerreros) marchan con gesto fiero, protegiendo al gobernante y a su coya (esposa principal) que se desplazan en literas doradas –como los rayos de su divinidad- a la fortaleza de Sagsaywaman, en las afueras urbanas.

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Disfrutas, te emocionás, no te sentís un turista engañado. Le das la espalda a tu vecino ocasional quien molesto dice que no saben actuar, que su vestuario se parece al de una presentación escolar. No hay que responderle, para que, como si la ausencia del astro fuera la prueba irrefutable de que todo es una farsa, una copia del Inti Raymi ancestral, proscripto por los extirpadores de idolatrías, rescatado en 1944 por un grupo de cusqueños con el propósito de reivindicar las raíces de su mundo.

Esto ocurrió cuando su sentimiento de identificación con el pasado germinaba en la llamada Ciudad Imperial (a 3.555 metros de altura), en la mística capital del mayor imperio prehispánico de Sudamérica. Desde entonces, todos el 24 de junio –fecha del solsticio de invierno- centenares de hombres y mujeres dirigen sus brazos al cielo para honrar al astro esplendoroso y decirle en quechua que siguen siendo sus hijos.

El Inti Raymi no es un invento ni un capricho, tampoco la obra cumbre de un inspirado dramaturgo. Es mucho más. Es esencia, tradición y recuerdo. Es un tributo a la resistencia andina, a los hombres y mujeres de altura que supieron mantener sus creencias, sus ritos, sus dioses a pesar de la persecución y los feroces castigos de los inquisidores coloniales.

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Fiesta de historia
Cuando la cruz y la espada de la conquista aun no dominaban el Tawantinsuyo –ese imperio fabuloso que extendía sus fronteras desde Pasto, Colombia, hasta el río Maule, Chile- la elite gobernante pregonaba su ascendencia divina. Ellos decían ser los hijos del Sol. Ese astro resplandeciente que bendecía con su luz los valles y quebradas cordilleranas.

En su doble condición de Dios y Padre, el Inti –como ellos lo llamaban- habría sido venerado desde tiempos aurorales de Manco Capac y Mama Ocllo, los legendarios fundadores de Cusco. Sin embargo, se cree que la fiesta se convirtió en la efeméride más importante y apoteósica durante el mandato de Pachacutec (el transformador del Mundo).

Nadie podía faltar. Todos vestían sus mejores galas. El Cusco recibía a delegaciones de todas las regiones del vasto Tawantinsuyo, Curacas y sinchis llegaban cargados de ofrendas para el ser supremo de los incas, que era agasajado durante casi un mes, según la información consignada por el cronista español Juan de Batanzos (1510-1576).

La representación actual es un esfuerzo por revivir de manera fidedigna la ritualidad de aquellos tiempos, habiéndose estudiado para la elaboración del guión los textos de los primeros cronistas. Para tal fin, en 1956 se formo una comisión especial, encabezada por el celebre escritos y antropólogo peruano José Maria Arguedas, autor de obras clásicas el indigenismo, como Los Ríos Profundos y Todas las Sangres.

A diferencia del apoteósico raymi prehistórico, el actual se desarrolla en tres actos. Todos en una jornada, pero en diferentes escenarios. Anualmente, cercal de 500 personas participan en la representación que comienza a las 10 de la mañana y culmina al caer la tarde.

Esa búsqueda de la autenticidad es una de las razones por la que la ceremonia seduce a miles de espectadores a ir al Qoricancha, a la plaza de Armas y al Saqsaywaman, donde se reúnen el fuego sagrado y se “sacrifica” una llama, para avizorar el futuro en sus entrañas.

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