Jujuy, Argentina

Publicado por Leticia el 7 de julio de 2008 · 1 comentario

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Al pensar en Jujuy uno evoca los colores y las sensaciones de la Quebrada de Humahuaca o La Puna callada en su extensión.

Existe, también un Jujuy inexplorado que conviene visitar entre abril y noviembre, el de los valles generosos en flores y cultivo, el del vallisto afable y apasionado por su pago, un Jujuy de clima suave y templado que abre la puerta a la Quebrada, pero antes de entrar ofrece un verde remanso entre los rojos y dorados esplendores.

Yala y Lozano
Dice un poema de Tomas Espinosa que “Yala es linde del monte donde se chocan los vientos” Y así ha de ser nomás pirque el pequeño pueblo y su vecino Lozano son leyendas folklóricas y epicentro de algunos recorridos imprescindibles: uno en dirección a Potrero de Yala y Termas de Reyes, el otro rumbo a Jaire y Taraxi. En las cercanías de Lozano está la “casa de la niña Yolanda”, residencia de la mítica Yolanda Perez de Carenzo, pianista y anfitriona con la misma pasión de Victoria Ocampo por convocar a los grandes de su tiempo, en sus farras interminables se prendían, con guitarras y pianos desbordados hasta el alba, Manuel Castilla, Claudio Arrau, Atahualpa Yupanqui, el Mono Villegas, Narciso Yepes y el Cuchi Leguizamon, quien compuso para ella la famosa Zamba de Lozano (o la niña enamorada). En el anfiteatro de la finca se celebra cada noviembre y con ramitos de albahaca, la Serenata para Yolanda con músicos llegados de todas partes y ante más de 10.000 personas. Otras opciones típicamente yaleñas son caminar al alzar por los alrededores y llegarse hasta la casa de los Even, la más antigua de la zona, o sentarse a charlar con Don Mercado, dueño del comedor Chanta Tres –sobre el km 1.705 de la ruta, así llamado en honor a un equipo de bochas de la zona-, quien además de cocinar platos regionales como la chanfaina y el picante de mondongo, es un narrador de historias de esos que ya no quedan.

Yungas y lagunas por las nubes
Aunque se puede entrar en auto, el Parque Provincial Potrero de Yala es ideal para ser recorrido a pie, en bici o a caballo (una cabalgata a fondo puede durar cinco horas o más). Para llegar después de cruzar el Puente Negro sobre el río Yala (sin cartel que lo identifique y que además es blanco) se toma la ruta provincias 4. A partir de allí hay que hacer 8 Km. de ripio sinuoso y ascendente hasta la entrada del Parque, declarado zona núcleo de la reserva de biosfera por la UNESCO. Se trata de una extensión vastísima y silenciosa con todos los matices del azul y el verde, su vegetación va desde el bosque mixto de pinos del cerro (única confiera en esta zona de yungas de copa redondeada pero con las típicas hijas de pino) y nogales a los 1.200 metros, hasta los pastizales de altura de entre 3.300 y 5.300, pasando por zonas intermedias de alisos y queñoas. Pero la gran atracción son las lagunas originadas con aguas de vertientes. El Desaguadero es la primera de todas, dentro de los límites de una propiedad privada y con estación de piscicultura. El Comedero, es un refugio natural de aves con casi 200 especies, hasta allí llegan el flamenco austral y el cóndor andino –amenazados a nivel mundial-, el vencejo pardo, el curiosos atajacaminos lira –cuya cola quintuplica el tamaño del cuerpo-, el mirlo de agua y el pato del torrente.
De las tres lagunas grandes (hay otras tres de menor tamaño afuera del área protegida), El Rodeo es la más visitada porque allí se pescan pejerreyes. A sus orillas se encuentra el Complejo Turístico La Laguna, una hostería de los años 50 que ofrece cómodo alojamiento y planea instalar pronto una pileta climatizada. En las cercanías hay un pequeño camping abierto al público, sin servicio sanitario. Un dato extra ara los amantes de la historia: Potreros de Yala y alrededores fueron zona de guerra de guerrillas, dizque los gauchos de Güemes se escondían antes de sus incursiones en los cerros de Lozano.

Si el visitante no está muy cansado, puede seguir a Termas de Reyes y conocer su completísimo hotel termal. La otra opción es dormir en la hostería y despertar con el canto de los pájaros a otro día de bonanza.

Angosto de Jaire
Para llegas a Jaire y Tiraxi hay que cruzar el puente sobre el correntoso río Grande cerca de León y después varios arroyos que bordean un perfumado bosque de nogales, ceibos y jacarandaes. Hay que bajar del auto, ponerse ojotas o botas de gomas y avanzar por un desvío siguiendo el curso de un arroyito manso, que repentinamente se transforma en una vertiente entre dos inmensas paredes de granito negro: el Angosto. Y si que es angosto. Los paredones cubiertos de musgo y bañados por levísimas cascadas son tan altos y tan estrechos que a veces no dejan ver el cielo. Pero la sensación no es oprimente, todo lo contrario. Es como andar por un laberinto de helechos inalcanzables, lianas como estructuras labiles y tupidas arboladas. Y la salida siempre está más allá y es precisamente el lugar al que no llegaremos. Por lo que regresamos sobre nuestros propios pasos. La tradición asegura que aquí vive Coquena, la divinidad indígena que protege a los animales con su mano de lana y reserva a su otra mano, la de hierro, para los cazadores. Una ranita casi fosforescente de panza verde y patas rojas parece confirmarlo.
Si el clima ayuda, conviene hacer una excursión más larga e ir a Tiraxi, un pequeño poblado prehispánico a 1.600 metros de altura en la zona de transición al pastizal. En invierno se puede alcanzar la Laguna del Tesorero, otro sitio de avistaje de aves donde abunda la pavita lisera de cara roja, y al pueblo de Oclayas.

Balcon de Jaire
Antes o después de recorrer el Angosto, los más atrevidos pueden marcar contraste pasando de la tierra al cielo. Andy Pedraza, con más de 20 años de parapente, los llevara desde Lozano hasta el balcón de lanzamiento: una explanada natural en la cima de un cerro dentro de una finca privada. Abajo, la vegetación densa ofrece una ilusoria protección contra la temida caída. Frente a nosotros, la inquietante inmensidad del cielo y las siluetas trashumantes de los parapentes. Y el sonido del aire cuando pasan, como ráfagas de un oleaje lejano.
Al bajar al cerro es inevitable comer en Los Nogales, un criadero de truchas donde a la sombra de los álamos se sirven los más fabulosos ejemplares. Y después a dormir una buena siesta o a pasar la noche en los acogedores hospedajes de Yala y Lozano. O bien, habiendo vislumbrado las riquezas serenas de Jujuy Verde, poner rumbo a la magnifica Quebrada.

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