Paris, l’amour

Publicado por Guillermina Parga el 10 de febrero de 2008 · 1 comentario

París es una ciudad inolvidable. Todo el que va, siente deseos de volver. Y no es para menos: la Torre Eiffel, Notre Dame, los Campos Elíseos y el Arco del Triunfo, Montmartre, el Barrio latino,… Son lugares mundialmente conocidos y que realmente vale la pena ver.

Pero en Francia el nivel de vida es alto y los precios son caros en la capital. Para evitar una sangría de euros, he aquí unos pequeños trucos para ahorrar.

Lo mejor, y si no queremos llevarnos sorpresas desagradables, es dejarnos aconsejar por nuestro agente de viajes y escoger un hotelito con encanto, modesto pero limpio, con alojamiento y desayuno (el resto de las comidas podemos hacerlas en el Barrio latino, por ejemplo, donde hay mejores tarifas). Y procurar, además, que esté situado en el centro, para no tener que depender demasiado de los medios de transporte. El calzado cómodo y nuestras piernas nos llevarán a dónde deseemos, y son el mejor modo de desplazamiento.

Aconsejo realizar un viaje combinado en una agencia de viajes por lo cómodo que resulta y sobre todo, lo seguro, aunque reconozco que está muy extendido el conseguir vuelo y alojamiento por Internet, donde los precios son más competitivos. Pero creo que es mucho más recomendable un viaje concertado en una agencia. Al menos, así lo hice yo misma, y la verdad, es que no me fue nada mal.

Un hotel adecuado para nuestros fines es el Saint Pétersbourg, en la rue Caumartin 33, en plena zona de Ópera, en el cual yo me alojé. Se trata de un establecimiento sencillo, pero con una atención cuidada al cliente y con excelentes desayunos. Además, al encontrarse en Ópera, todos los lugares dignos de ser visitados se encuentran muy próximos. No se hace necesario el uso de metro, ni tampoco el carísimo servicio de taxi.

Nada más poner el pie fuera del hotel, sería muy recomendable visitar el magnífico edificio de la Ópera, con el Palacio Garnier en su interior, la plaza de la Madeleine, y por qué no, las Galerías Lafayette, grandes almacenes donde podemos hacer unas compras. Por cierto, justo enfrente del Saint Pétersbourg hay un restaurante italiano muy bueno, ideal para cenas de última hora y donde te reciben en todos los idiomas.

Pero, si no queremos despistarnos, la primera visita a realizar es la de la Torre Eiffel. Para subir, debemos armarnos de paciencia e ir abrigados, dependiendo de la época del año (salvo en los meses de mayo a septiembre, en París no hace calor, y no está de más llevar en el equipaje un chubasquero). Lo primero, porque se forman unas grandes colas de turistas a la entrada, y se puede tardar perfectamente una hora en adquirir los billetes, de modo que un mejor momento para ir es a primera hora de la mañana, sobre las 9.30. Lo segundo, porque en lo alto de la Torre arrecia una brisa fría, si el día no es muy apacible. Las entradas tienen tres tarifas diferentes según se acceda al primero, al segundo o al tercer piso, y por supuesto, el precio es mayor cuanto más alto subamos. Hay precios especiales para jóvenes y estudiantes. El horario de invierno es de 9.30 a 23.00, y en verano de 9.00 de la mañana a medianoche.

Otro monumento a visitar en Notre Dame, catedral de París, terminada hacia 1345, con capacidad para 6000 personas. La entrada es gratuita, pero si se quiere subir a sus torres se deberán abonar unos 6 euros.

Si no somos muy andarines, aunque recomiendo las visitas a pie, podemos echar mano a “Les cars rouges”, que son unos autobuses habilitados para realizar todas las visitas turísticas. El precio del abono es alto, mas válido para varias jornadas. Cuentan con grabaciones en varios idiomas, amenizando el trayecto con explicaciones de los lugares por donde pasan. Es un medio muy cómodo.

Pasear por los Campos Elíseos es un lujo para el viajero, y al final de esta larga avenida nos encontraremos con el Arco del Triunfo, construído para conmemorar las victorias de Napoleón.

Montmartre y la Basílica del Sacre Coeur, que corona a este barrio eminentemente bohemio, son zonas ideales para deambular. Aquí se instalan muchos artistas, que pretenderán retratarnos por unos euros, o seducirnos con sus obras.

No nos olvidemos de la Iglesia de los Inválidos, que se construyó por orden de Luis XIV para alojar en ella a soldados indigentes y heridos de gravedad en sus numerosas guerras. La Saint Chapelle, donde San Luis quiso albergar reliquias de Tierra Santa, y la Plaza de los Vosgos, que destaca por su parque y por sus tiendas, tampoco debemos dejar de visitarlas.

Si se viaja a París, hay que desplazarse obligatoriamente hasta Versalles, para ver sus fuentes y sus amplios jardines, su fabuloso palacio, famosos en todo el mundo. Pero para no perder detalle, lo mejor es contratar una visita guiada, es decir, con un guía profesional que nos explica las costumbres de la Corte, muy pintorescas, y todo el arte que encierran sus muros. Las Grandes Habitaciones del Rey, la Cámara de la Reina, la Galería de los Espejos, la Galería de las Batallas tienen infinidad de historias que contar.

París es la ciudad del arte y los museos, y es obligada visita al Louvre, para ver en directo la Gioconda de Leonardo o la Venus de Milo. El museo D´Orsay tiene magníficas exposiciones de los maestros impresionistas. Y también es interesante el centro George Pompidou, mucho más vanguardista. En los museos hay venta electrónica de entradas, lo que facilita su acceso a los mismos, y no olvidemos que existen también aquí tarifas especiales para jóvenes y estudiantes.

¿Y qué nos ofrece París de noche? Una iluminación maravillosa. Es imprescindible remontar el río Sena por la noche, y tener una visual de la ciudad con todos sus puentes y monumentos profusamente iluminados. Los “Bateaux Mouches” prestan este itinerario a un precio razonable. Más tarde podemos disfrutar de una cena relajante en cualquiera de los restaurantes del Barrio Latino. Pero no debemos olvidar que en Francia se cena a hora temprana, entre las 19.30 y las 22.00 horas, momento en el que suelen cerrar.

Aún se podría decir mucho más sobre París, pero no hay palabras lo suficientemente acertadas para describir su encanto. Una ciudad preciosa. Por ello lo mejor, es vivirla.

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