Turquia

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Estambul es sin lugar a duda una ciudad interesantísima de conocer, una mezcla de culturas y razas nos sorprenden en cada esquina.

Para ubicarnos en primer lugar debemos saber que Bósforo divide la Estambul europea de la asiática y el Cuerno de Oro divide la Estambul histórica de la moderna.

La audio guía es una buena opción para recorrer, sin imposición ajena de ritmos, los diferentes patios y las dependencias de la ciudad amurallada que durante el siglo XIX fue residencia de grandes sultanes, entre ellos Ibrahim El Loco, que enloqueció luego de haber estado encerrado en una jaula durante 4 años y Selim El Borracho ahogado tras confiar en las bondades del champagne.

Veremos terrazas con vistas esplendidas del Bósforo, un magnifico harem con grandes y lujosos baños, habitaciones y sala de concubinas (Mahmut I llegó a tener 608 concubinas y Mural III 112 hijos) y la sala del Tesoro posee uno de los diamantes más grandes del mundo, además de joyas y atuendos voluptuosos que guían nuestra imaginación hacia la hechizada vida de Las Mil y una Noches.

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Aya Sotya fue considerada en el siglo 500 aC como la iglesia más grande del cristianismo. En 1453 los otomanes se apoderaron de Constantinopla, agregan 4 Minirates a la obra del emperador Justiniano y tapan los frescos bizantinos con pinturas islámicas despojadas de figuras humanas. Sus galerías superiores desde sus 20 metros de altura regalan una vista inmejorable de la joya bizantina y las pinturas cristianas hoy recuperada.

Nadie deja de tentarse y probar las propiedades curativas de la “columna que llora” según cuenta la leyenda, dedo que sale mojado de un pequeño orificio en la columna anuncia sanacion de enfermedades.
Pocos metros separan a Santa Sofía de la Mezquita Azul, inconfundible con sus seis minerales, 2650 ventanas y un sinfín de techos abovedados. Los cantos litúrgicos invaden otra vez el aire tibio de la ciudad, los más religiosos apuran el lavado de pies, dejando su calzado en la puerta y una vez adentro los hombres por un lado y las mujeres van para el otro, repiten una y otra vez, arrodillados o de pie sus plegarias.

Si quieren visitar la mezquita deben tener paciencia y respeto y esperar que finalice la oración. Pueden disfrutar, mientras tanto, en la entrada de un rico jugo de granada.
El espacio consagrado a la oración, donde todavía quedan algunos fieles persignándose, se vuelve caótico, los cuerpos azules armados de celulares y cámaras circulan libremente por la mezquita como si fuera un museo de arte contemporáneo.

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Cruzando el Cuerno de Oro hacia el pintoresco barrio de Beyoglu surcando por la peatonal Istikal Caddesi (ante conocida como la Rue de Pera) aunque no cabe ni una sola persona más, el tranvía hace maravillas para no pisar a ningún peatón.
En el pasaje Nevizade están ubicados las mejores tabernas (Meyhaneler) de la ciudad. Unos metros antes del mercado ahí situado nos brinda un riquísimo Lakerda que sirve de tentempié hasta que entremos a comer uno de los exquisitos platos de la región.

Luego de una buena comida, si regresa a Istikal caerá sin remedio en la pastelería Güllac Saray Muhhalabecisi que esta en el mercado desde hace 73 años, con sus tres pisos de manjares regados de almíbar, nueces y pistachos.

Una excursión en barco por el Bósforo es la excusa perfecta para descansar del tumulto urbano, descubrir el escondite de antiguas mansiones de madera otomana, la impactante presencia del palacio Dolmabahce y asomarse a la costa asiática. La vuelta completa requiere de seis horas.

Imposible dejar Estambul sin darse una vuelta por el gran Bazar, gigantesco laberinto de tiendas arcadas y pasajes donde el espíritu comercial de los turcos encuentra su mayor expansión. Lo mejor forma de no quedar enredado en sedas, bordados, narguiles, vajilla, alfombras y vendedores insisten por hacer aceptar el regateo si o si estamos dispuestos a llevarnos algo bajo el brazo.
No se pierda tampoco el Bazar Egipcio, paraíso de cultores de especies.

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